Los ribereños, aquellos que nacimos a la vera de un río tenemos sentimientos encontrados, porque el río nos da y el río nos quita, pero es más lo que nos dona que lo que nos arrebata.
Seguramente no seriamos iguales sino hubiéramos nacido y crecido al lado de un río, hubiéramos sentido su furia, su belleza, su paso lento y pausado.
La belleza del río no se puede describir, se tiene que sentir.
Nuestro río, El Fluvià, no es un gran río, pero es nuestro río, que manso y pausado camina hacia su destino, regalándonos en sus limpias aguas la alegría de la vida: simple y bella.
Paz en sus orillas llenas de historias e historia milenaria de otros tiempos.
Manso y pequeño, El Fluvià, discurriendo como una sinfonía sin notas discordantes. ¿Quien no escucha tu música?.
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